martes, 22 de septiembre de 2015

De nuevo mi Ma...

La primera vez que regresé de Canadá con el corazón completamente destrozado, mi familia fue por mi al aeropuerto, tenía los ojos hinchados de llorar en el avión, dije que era de alegría al verlos esperándome. Cuando llegamos a casa subí a mi recámara a dejar la maleta pequeña, cuando prendí la luz tenía una recámara nueva, color miel, una cabecera, dos mesitas a los lados y su tocador con espejo, una parte de los pedazitos de mi se sintió de nuevo en casa y hubo un sentimiento de que me encontraba a salvo, en buena zona, fue mi mamá la de la idea. Hoy después de 7 años y más experiencias, está noche precisamente hable con mi mamá de lo dolorosas que pueden ser las despedidas, le conté que me sentía confundida, enojada, no entendía porque cuando las personas se quieren tienen precisamente que dejarse. Era un día triste. Subí a la recámara y sobre ella vi puesto un edredón nuevo, es suave, y es morado, con cuadritos tintos, una parte de los pedacitos rotos de mi se sintió de nuevo a salvo, había un detalle de amor que no me devolvió la sonrisa pero que me hizo sentirme agradecida por siempre tener un lugar donde sentirme a salvo. Otra vez mi mamá, levantando y envolviendo sin saber mis pedacitos en su cariño. 
Te amo ma. 

domingo, 20 de septiembre de 2015

El hueco por donde entró Dios

Hace no mucho caí en cuenta de cómo me reconcilié con una parte olvidada de mi, aquí va:

Creo que estamos hechos de fragmentos, experiencias, personas, sabores favoritos y memorias, hasta ahí mi perspectiva estaba completa, pero había olvidado que todas esas cosas que mencioné tienen su propia esencia, su espíritu. Creo que lo olvidé cuando una mañana me levanté y en automático sentí que en ese justo momento odiaba esta parte de mi que sentía que "siempre" tenía que agradecer, estaba cansada de sentirme del club de los optimistas, me sentía como un anciano que compraba el melate todos los días, vivía con la ilusión de ganar y al final no había nada, ni un boleto gratis de a veinte, la sosobra del día a día, la monotonía y la falta de algún hobby productivo me habían transformado en un zombie, no tenía claros mis objetivos, todos los días quería hacer algo distinto pero no me alcanzaba ni para poner las ideas en algún papel a las carreras, todo se quedaba en la mente, en mi cansada y desgastada mente de treintañera y al no poder concretar nada durante el día, la noche no me alcanzaba para descansar, dormitaba pero no descansaba. Me sentía perdida.

Devoraba toda la información que llegaba a mis manos entre libros, periódicos, páginas de noticias, para ver si de ahí pescaba alguna idea. Nunca se me ocurrió quedarme quieta, dejar literal de pensar para permitirle a mis ideas transformase en algo más que pensamientos pasajeros. No creía en mi, nunca era mi momento. Estaba tan cansada que un fin de semana dormí 17 horas continuas, de sábado a domingo, y entonces sucedió. Tenía la pijama aún puesta a las 3:33 de la tarde, lo sé porque vi el reloj del teléfono, y pensé en las señales, estaba cansada de verlas en todas partes y no iniciar nada con ellas, lo tomé de la mesita que uso como buró, vi la pantalla, no había ningún mensaje, abrí la puerta de la recámara y me dirigí a la cocina, me serví una taza de café de olla que había preparado esa mañana mi mamá, no me importó calentarlo en el microondas, soluciones rápidas para esta vida de ajetreo, bebí un sorbo y de inmediato me transporté a Tala, es un pueblo no muy lejos de la ciudad en el que pasé muchos fines de semana de mi niñez, algo en el sabor dulzón y el aroma a piloncillo me hizo pensar en los días en los que paseaba en la huerta de mangos, yo vistiendo camiseta y calzón, montada en un burro con el pelo encrispado y enmarañado como el mío al despertar, la verdad es que era el burro menos agraciado con ese pelo todo áspero pero aún así era mi favorito, la tibieza en mi boca me llevó al funeral del padre de mi nana, donde probé de niña como una travesura mi primer sorbo de café negro, así con ese dulce recordé los rezos, la tristeza y la alegría de la despedida de alguien que se espera se encuentre disfrutando la gloria, recuerdo las velas por toda la casa, el pasillo lleno de ellas, la gente rezando, platicando, comiendo pan y tamales, pidiendo por el alma del difunto en un rezo que sonaba a canción, era una melodía tan triste, y sin embargo esperanzadora. Justo así me sentía, algo que estaba apagado en mi de pronto sintió ilusión. 

Creo que no es necesario seguir al pie de la letra los preceptos de alguna religión, para mi el ser espiritual va más de la mano con la libertad de hablar con quién creo, rige el universo, desde las entrañas de todos mis problemas, desde mi vulnerabilidad, sentir que las cosas tienen una razón de ser y que voy creando a mi alrededor este telar en donde lo bueno y lo malo se desarrollan alrededor de mis decisiones 
con todas sus consecuencias. 

Esta nueva sensación de esperanza neutra, sin sobre exaltarme, de recordar la calidez que brinda la pertenencia, el saberse dueño de uno, le permitió a mi hueco personal llenarse de pronto, completarse. Por ahí, el hueco por donde entró Dios se me lleno de caricias para mi propia alma, se entibió con el café y se sonrió cuando mi mano abrazó con mis dedos ese pelo enmarañado como cuando niña. 

Respiré y volví, sin sobresaltos. 

Después de todo creer de nuevo no era tan complicado.